
La Presencia
Mi mochila realde 12 kg
Doce kilos para una semana, incluida la cámara. No es una mochila de catálogo ni de marcas: es lo que de verdad sale de casa cada vez, después de siete años quitando cosas.
La regla que me ordenó todo es simple: si en el último viaje no lo saqué de la mochila, no vuelve a subir. Suena obvio y cuesta años aplicarla.

Ropa (4,1 kg)
- Dos térmicas de manga larga: una puesta, una de repuesto.
- Un polar mediano. Es la prenda que más uso en todo el viaje.
- Cortaviento impermeable. En la sierra llueve sin avisar de octubre a marzo.
- Dos pantalones de secado rápido; los jeans se quedan en casa.
- Cuatro pares de medias de trekking. Aquí no ahorro peso.
- Gorro que cubra orejas, guantes finos y buff.
Nada de algodón salvo una camiseta para dormir. Se moja de sudor en la subida, se seca en dos horas de bajada y entre medias te congela.

Lo demás (7,9 kg)
- Cámara, un objetivo y dos baterías: 2,3 kg. Es mi lujo y lo asumo.
- Botiquín: ibuprofeno, sales de rehidratación, curitas, esparadrapo, pastillas para la altura.
- Termo de un litro. En la sierra el agua caliente es media comida.
- Batería externa de 20 000 mAh y cables.
- Bloqueador 50, labial con protección y gafas de sol de montaña.
- Bolsa seca para meter la ropa mojada sin contagiar el resto.
Las tres que dejé de cargar: la segunda chaqueta, el trípode grande y el libro. Los tres pesaban más que la falta que hacían.


El bloqueador no es opcional. A 3 000 metros la radiación es brutal aunque esté nublado, y el error clásico del primer viaje es quemarse el segundo día y arrastrarlo toda la semana.
Sobre el calzado: unas botas ya rodadas valen más que unas nuevas y caras. Estrenar botas en la ruta es la forma más rápida de arruinarse un viaje.


